Último Aviso

o: a Tiempo

Una tarde del día domingo, estaba yo distribuyendo tratados a los mineros.

Los hombres gozaban el aire puro y la luz del sol después de haber trabajado durante la semana en la mina obscura e insalubre. Andaba por el último trecho que me separaba de la puerta de mi casa, cuando noté que 2 mineros jóvenes caminaban hacía mí. Me detuve antes que nos cruzásemos, y tomando los 2 últimos tratados que me quedaban, ofrecí uno a cada uno. Los tomaron y me dieron las gracias, y uno de ellos, refinado, fuerte, lleno de salud y simpático, joven de unos 25 años, se paró a leer el título de su folleto que era: “A tiempo“.

Un profundo sentimiento de solemnidad invadió mi alma, y mirando su franco semblante, le dije: “Sí, amigo mío, Dios permita que usted esté precisamente a tiempo para entrar al cielo.” Yendo a mi casa oré: “Señor, sálvale.”
El martes por la noche me había retirado a mi habitación cuando un fuerte golpe a mi puerta me hizo mirar por la ventana. “¿Quién está ahí?” pregunté. “Señor, ¿es usted el caballero que el domingo por la tarde dió a un joven que estaba conmigo un folleto titulado A tiempo“? “Sí, yo soy.”
“Venga a verlo enseguida, se está muriendo,” me dijo. Me vestí rápidamente y salí, guiado por mi compañero. En el camino me dijo que su amigo había bajado al pozo aquella misma tarde como de costumbre y habiendo saltado del ascensor antes de llegar al fondo, había sido aprisionado y aplastado por el mismo montacargas. Tenía rotas todas las costillas y permanecía tendido en cama sin poder hablar, en agonía terrible.
Cuando el joven terminó de informarme , llegábamos a la choza. Allí estaba el joven fuerte, a quién había visto ha-cía 2 días en la plenitud de su vigor, juventud y salud, totalmente aniquilado. Su vida se desvanecía lentamente.
Me miró fijamente cuando entraba, e intentó hablar; pero sin lograrlo. “¿Quiere que le lea algo y ore por usted.?” Emitió un sonido, ésto era lo que más podía hacer, queriendo decir: “Sí”. Le leí: “Porque tanto amó Dios al mundo que le dió su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en El, no perezca, sino que tenga la vida eterna.” Juan 3:16 Nacar-Colunga., y le hablé del amor de Dios que deseaba su salvación; de la eficacia de la sangre de Cristo para salvarle. Le dije que por naturaleza era perdido y estaba en ruina completa, pero que Jesús lo buscaba y deseaba salvarlo; que habiendo con su muerte quitado el pecado de delante de Dios, ahora El podía ofrecer el perdón de los pecados por su sangre preciosa. Le leí la historia del Padre y del hijo pródigo (Lucas 15 La Biblia) así como las oraciones cortas del fariseo y el publicano en el capítulo 18 y repetí este versículo: “Al que viene a Mí, yo no le echaré fuera.” Juan 6:37 Nacar-Colunga. Su rostro cambió; la esperanza brillaba haciendo huir la desesperación. Con señas pidió agua y su esposa le acercó a loa labiosun vaso del cual bebió un poco, y entonces con sorpresa de todos, el que antes no podía emitir ni un sonido, dijo con voz clara y con sus ojos hacía arriba como si viera a Aquel a quien hablaba: “¡A tiempo! Dios sé propicio a mí pecador en el Nombre de Jesucristo. Amén”.
Apenas había pronunciado la última palabra cuando su cabeza cayó hacía atrás en la almohada escapándosele un peque-ño suspiro. Quedamos en presencia de un cadáver. Nunca olvidaré la escena. Para muchos de los presentes fue la palabra de Aviso de la eternidad que Dios usó para bendición.
“No hay más que un paso entre mí y la muerte.” 1° Samuel 20:3 Nacar-Colunga.
“No retrasa el Señor la promesa … no queriendo que nadie perezca.” 2° Pedro 3:9 Nacar-Colunga
“Este es el tiempo propicio.” 2° Corintios 6.2 Nacar-Colunga
“Si hoy oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones.” Hebreos 3:15 Nacar-Colunga
“No te jactes del día de mañana; pues no sabes lo que dará de sí.” Proverbios 27:1 Nacar-Colunga

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