Durante la guerra estábamos defendiendo la    trinchera transversal, cuando estalló una bomba muy cerca de nosotros. Zumbaron diver­sos fragmentos sobre nuestras cabezas y de pronto cayó Alberto muy mal herido.  Jaimito y otro compañero, saltaron al pozo para auxi­liarlo, pero por la magnitud de las heridas, se dieron cuenta que ya no tenía esperanza de vida.

Era imposible conseguir atención médica, así que se limitaron a poner al pobre Alberto en una posición más confortable para que llegara su fin, acostándole sobre unos costales y un saco viejo en el fondo de la trinchera.

En los estertores de su agonía Alberto prorrumpió: “¿Me puedes indicar el camino al cielo?”

Jaimito se acercó diciéndole, “¿El ca­mino al cielo? Lo siento mucho, pero no lo conozco, no obstante, para tu consola­ción, le preguntaré a los demás soldados.”

Se encaminó Jaimito por la trinchera ex­plicando la angustiosa solicitud del mori­bundo de conocer el camino al cielo. ¡Dieciséis soldados no pudieron contestar la pregunta!

Tal vez en tiempo de paz se pueda dar una respuesta a tal pregunta de cómo llegar al cielo o qué hay después de la muerte. Pero en la trin­chera con la muerte acechando a cada instante, cuando uno de los compañeros íntimos está muriendo lejos de su patria, sin tener a quien pedir consejo, y que urge el saber, el asunto es diferente. Ya no sirve nuestro propio pensa­miento o la religión de otros, o la de nuestros padres, solamente se espera una respuesta ver­dadera con convicción.

La ansiosa pregunta de Alberto encontró eco cuando llegó al decimoséptimo soldado quien estaba vigilando solitario. Una ancha sonrisa y una cara iluminada acompañó sus palabras: “Sí, yo sé el camino al cielo.” Pero, agregó, “Estoy de guardia en la trinchera y no puedo dejar el puesto.” Sin embargo, afanosamente buscó en sus pantalones un Nuevo Testamento de bolsi­llo y lo entregó abierto al soldado, diciendo: “Aquí, en Juan 3:16, está subrayado cuál es el camino al cielo. Pon tu dedo en este versículo y dile que ése es el camino.”

Jaimito llegó corriendo e inclinándose, tocó suavemente el moribundo y le dijo: “Alberto, aquí tengo la respuesta, éste es el camino al cielo.” Lentamente el he­rido abrió sus ojos mientras Jaimito leyó despacio el versículo salvador: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Los ojos de Alberto estaban comple­tamente abiertos y meditaba sobre lo que aca­baba de escuchar. Jaimito también con lágrimas corriendo por sus mejillas volvió a leer las pala­bras de vida. Una gran paz vino sobre el sem­blante pálido de Alberto mientras repetía boqueando: “todo aquel…” Meditó profunda­mente en las mismas palabras y se recostó satis­fecho. Después de unos minutos con toda la energía que le quedaba levantó sus brazos hacia arriba exclamando, “todo aquel…” y luego le abandonaron las fuerzas y descansó en paz. ¡Qué cambio! De pleno campo de batalla el alma de Alberto pasó a estar con Cristo.

Queridos amigos, yo también era un soldado sin Dios, pero encontré el camino, y quiero ase­gurarlos que es la verdad: Jesús es el verdadero Salvador. Él dijo, “Yo soy el camino, y la ver­dad, y la vida” (Juan 14:6). “Yo soy la puerta, el que por Mí entrare, será salvo” (Juan 10:9).

Jesucristo, el que murió por los injustos para llevarnos a Dios, es Él mismo quien está sen­tado a la diestra de Dios coronado de gloria y honra. Él es el único Salvador y el único camino hacia el cielo. Su preciosa sangre nos limpia de nuestros pecados.

No es suficiente saber que existe un camino al cielo, sino que usted por su propia cuenta tiene que tomar ese camino, tiene que entrar por la puerta, la cual es Cristo.

“En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hom­bres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

“Todos los que en Él creyeron, recibirán per­dón de pecados por Su nombre”(Hechos 10:43).