La importancia de

hacer un poquito más

El profesor entregaba los exámenes de ortografía ya calificados. Tony alcanzó a ver la nota del examen de Sally, la alumna bonita del pupitre delante de él. Como era de esperar, ella había sacado un cien. Todos sabían que era una alumna excelente. Se esperaba que sacara las mejores notas. Sin embargo, Tony pensó: Ojalá yo fuera igual de inteligente. Ojalá tuviera la paciencia para estudiar y estudiar, así como lo hace Sally. Tengo que aprender a dedicarme a las tareas hasta terminarlas. Tengo que aprender a terminar mi estudio antes de hacer las cosas que me gustan más. Miró a los otros alumnos. Notó a sus dos amigos, Tom y Bob. Se preguntó qué nota habrían sacado ellos. Recordó la competencia entre ellos tres. El señor Wheeler, el vecino adinerado, les había dicho que les daría la oportunidad de cuidar su bello jardín durante el verano. Pero primero, durante el invierno, iba a probar a cada muchacho. Cada sábado le tocaba a uno de los tres muchachos trabajar para el señor Wheeler. Cada uno, cuando le tocaba su turno, pasaba el día quitando con la pala la nieve que se acumulaba en las aceras, barriendo la entrada, o sacando las cenizas de la estufa. El señor Wheeler había prometido darle trabajo fijo al que trabajara mejor. Esa tarde, de camino a casa, Tony alcanzó a Sally. Le dijo:

Sally, quisiera sacar buenas notas así como tú. Parece que no soy muy inteligente. Además, me canso de estudiar y termino jugando. Muchas veces no logro terminar la tarea. —No soy más inteligente que tú —respondió Sally—. Es que me he dado cuenta de cómo recibir ayuda. —¿Te ayudan? No he visto nunca que te ayuden. ¿Alguien te hace la tarea? —Yo soy igual a cualquiera de la clase. Noto que los otros comienzan a jugar y a malgastar el tiempo cuando se cansan. Yo también me canso a veces, como en la clase de matemáticas. Me canso de leer cuidadosamente toda la lección. Me canso de estudiar bien la ortografía. Pero cuando estoy a punto de dejar de trabajar, levanto la vista y oro a Dios: “Señor, necesito que me ayudes a hacer un poquito más”. Sabes —dijo con mucha seriedad—, esas palabras han llegado a ser muy importantes para mí. Porque el Señor me ha ayudado a seguir trabajando y a HACER UN POQUITO MÁS. Llegaron a la casa de Sally. Ella estaba a punto de entrar por la puerta cuando Tony le habló: —¿Quieres decir que Dios es el que te ayuda? Ojalá me ayudara a mí. —Él te ayuda. Ayuda a cualquier hijo que se lo pida. Cuando me canso de estudiar la ortografía, y estoy a punto de dejarla, digo en voz baja: “Señor, necesito tu ayuda”. Él me ayuda a estudiar las palabras de la lección, pero no sólo eso. Me ayuda a buscar los significados en el diccionario. Cuando hago la tarea de gramática, me ayuda a hacer un poquito más. Creo que la costumbre de hacer un poquito más es lo que me ha ayudado a sacar buenas notas. Esa tarde Tony hacía la tarea de matemáticas. Había unos ejercicios muy difíciles. Estaba a punto de darse por vencido. De pronto recordó lo que había dicho Sally: “Cuando estés cansado y a punto de darte por vencido, pídele ayuda a Dios”. Tony decidió hacerlo y le pidió ayuda a Dios.

De inmediato, sintió un nuevo deseo de seguir a pesar de que parecía imposible resolver el ejercicio. Al estudiarlo de nuevo, lo logró resolver. En realidad, halló la clave para resolverlos y resolvió cuatro ejercicios más para comprobar que sabía hacerlo. ¡Sirvió! Al día siguiente, el profesor dio un examen de sorpresa. Tony sacó la mejor nota del año. Se debía a que había recibido ese poquito más de fuerza para seguir. Durante las siguientes semanas Tony se dio cuenta de un cambio en su manera de trabajar. En vez de casi terminar los trabajos, encontró la fuerza para hacer un poquito más. En el pasado, dejaba el trabajo casi completo para apresurarse a hacer algo que le gustara más. La mamá lo había regañado muchas veces por dejar los trabajos casi terminados. Ahora parecía que un nuevo Tony asistía a la escuela. El profesor lo notó; sus padres vieron el cambio. Sus amigos lo miraron con asombro. ¿Cuánto duraría? El señor Wheeler se sorprendió al notar la diligencia de Tony y la excelencia del trabajo. Pero no habló del asunto con Tony. Cada sábado, cuando Tom o Bob o Tony había terminado el trabajo, el señor Wheeler hacía una revisión de lo que habían hecho. Los tres trabajaron bien. Pero él notó que Tony siempre guardaba en su lugar la pala después de limpiarla con un trapo para que no se oxidara. Además, cuando le tocaba a Tony, la escoba siempre estaba en su lugar. Tony siempre limpiaba todas las herramientas y las dejaba cada una en su debido lugar en el garaje.

¿Valdría la pena? Tony comenzó a preguntarse si el señor Wheeler apreciara el cuidado especial que él ponía. Él sabía que los otros también se esforzaban. A veces estaba a punto de creer que el señor Wheeler no notaba nada. Pero en su corazón, sabía que había hecho bien el trabajo. Y lo que era aun más importante, había hallado a un Compañero nuevo que lo ayudaba a hacer un poquito más. El sábado antes de que comenzaran las vacaciones, el señor Wheeler llamó a los tres muchachos. —Todos ustedes me han causada una buena impresión. A dos de ustedes los he recomendado a unos amigos para que les den trabajo. Así que todos tendrán trabajo. Pero he decidido emplear a Tony. No sólo ha hecho un buen trabajo; muchas veces lo he hallado haciendo un poquito más. ”Varias veces, cuando la entrada había estado muy resbaladiza por el hielo, Tony le ha echado ceniza para que el vehículo pudiera subir. He notado que no sólo guarda la pala, sino que la limpia para que no se oxide. Limpiar las herramientas y guardarlas las mantiene en buen estado y con filo. Me ahorra dinero. Los muchachos asintieron con la cabeza. Luego Tom comentó: —Sí, todos notamos que Tony es diferente. En la escuela todo el mundo lo comenta. Ni me pasó por la mente hacer esos trabajos de más que Tony hizo. Estoy seguro de que él se merece el puesto, señor Wheeler. Pero nos alegramos de que haya buscado trabajo para cada uno de nosotros también. Todos miraron a Tony. Con amabilidad, el señor Wheeler dijo: —Tal vez nos pudieras explicar qué cambió tu trabajo y actitud. Tony se ruborizó. No estaba acostumbrado a que le dieran atención y elogios. Sin embargo, estaba contento de poder recomendarles el secreto que había aprendido de Sally. Él les contó todo. Dijo que aún era débil, pero que Dios era el que hacía el cambio. —Sally tenía razón. Yo creí que me engañaba cuando me dio el secreto de hacer un poquito más. Pero lo probé. Y ahora pueden ver cómo me cambió Dios. Gracias a Sally y a él por su ayuda. Los muchachos se dirigieron a casa. En el corazón de Tom y Bob se había sembrado profundamente una semilla. Además, el señor Wheeler se veía conmovido por el testimonio sencillo de Tony. —

De Seeing God’s Purpose in Everything

La Antorcha de la Verdad (enero – febrero 2016)

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