Ella no hacía falta

Una buena amiga se graduó de médico aquí en Venezuela en 2002 y en seguida fue asignada a una medicatura rural conforme a la norma que rige en aquella profesión.

Fue un centro asistencial realmente rural, a diferencia de las posiciones cómodas que anhelan muchos de sus compañeros. Ella se contentó (¡y se sorprendió!) al ver que en aquella serranía, a tres horas de una ciudad, había personal entrenado, suministros adecuados y un buen servicio para los ciudadanos de campos cercanos y lejanos.

Pero al mes renunció. Por incapacidad no fue, porque en seguida concursó para un cargo apetecido por sus mayores, y lo consiguió.

“Jessy”, dije, “¿por qué renunciaste, habiendo dicho que el lugar te agradaba?”

“Mire, soy joven y busco buena experiencia. Esa gente no quiere médico. Ellos consultan con el curandero. ¡Lo único que quieren del médico es un anticonceptivo!”

¡Ay! mija, y no solamente aquellos campesinos en lo que se refiere a la salud corporal, sino la gran parte de la humanidad en lo que se refiere a la salud espiritual. No confían en la fuente autorizada, y si la buscan, es con la esperanza de conseguir algo para su propia comodidad.

“Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová”, leemos al comienzo de la profecía de Isaías. “Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor”, protestó el Hacedor, pero “mi pueblo no tiene conocimiento”.

La indiferencia no es nueva. Unos 4000 años atrás, la acusación ante un tal Job era: “Habla Dios; pero el hombre no entiende. Por sueño, en visión nocturna, cuando el sueño cae sobre los hombres, cuando se adormecen sobre el lecho, entonces revela al oído de los hombres, y les señala su consejo, para quitar al hombre de su obra, y apartar del varón la soberbia”.

El que lo dijo anhelaba: “Si tuviese cerca de él algún elocuente mediador muy escogido, que anuncie al hombre su deber; que le diga que Dios tuvo de él misericordia, que lo libró de descender al sepulcro, que halló redención …”

Pero aquel Eliú no sabía del Mediador entre Dios y el hombre que vendría dos mil años después. Es Cristo, Dios manifestado en carne. No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él.

Tú no tienes que valerte de curanderos religiosos. “Has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”, 2 Timoteo 3.15.

Pero no vayas a tu Biblia buscando, figurativamente, píldoras anticonceptivas. Aun aquel “amigo” de Job sabía que para Dios el pan es pan y el vino, vino. “Él mira sobre los hombres; y al que dijere: Pequé, y pervertí lo recto, y no me ha aprovechado, Dios redimirá su alma para que no pase al sepulcro, y su vida se verá en luz”.

Efectivamente, en lenguaje autorizado para nuestros tiempos: “El que en Él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”.

Los curanderos en cuestiones espirituales te recetarán a su antojo. Y te llevarán a la condenación eterna. Jesús te dirá, “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”.

Ella no hacía falta

 

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